Un médico en el Quijote

Inmerso como estoy en la deliciosa aventura de la lectura del Quijote, me preguntaba en que momento haría D. Miguel de Cervantes referencia a los médicos. Había visto desfilar muchas profesiones diferentes genialmente retratadas por personajes que constituían caricaturas de las bondades y miserias de cada una de ellas. Y en el capítulo XLVII de la segunda parte, llegó por fin.

El filósofo Miguel de Unamuno, al que tengo entre mis autores favoritos, dijo una vez que “de cuantos comentadores caen sobre El Quijote, no los hay más terribles que los médicos. Al punto se meten a escudriñar hasta su terapéutica”. No querría caer yo en la trampa de entrar en digresiones de este tipo, pues mucho ha sido escrito sobre los aspectos clínicos y psicopatológicos de los personajes de la nóvela. Pero el primer personaje médico con el que me encuentro en esta obra, ya casi casi tocando a su fin, bien se merece que escriba unas notas en este blog.
D. Pedro Recio de Agüero, o de mal agüero como diría Sancho Panza, es el nombre del citado doctor. Nos lo dibuja Cervantes altivo, dominante, con una vara de varilla de ballena en la mano con la que impone sus ordenes a un Sancho que, dispuesto a no morir de hambre, decide huir de sus consejos pareciéndole que el único modo que el doctor ejerce su ciencia es evitando que coma todo aquello que se le antoja.
“Yo señor soy médico… y miro por su salud mucho más que por la mía, estudiando de noche y de día y tanteando la complexión del gobernador, para acertar a curarlo cuando caiga enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y dejarle comer de lo que me parece que le conviene y quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo para su estómago. Y así mandé quitar el plato de fruta, por ser demasiado húmeda y el plato del otro manjar también lo mandé quitar, por ser demasiado caliente”
El pasaje es muy divertido, sobretodo, por la socarronería del doctor que participa junto con otros criados de una burla que los Duques le hacen a Sancho Panza haciéndole creer que es el gobernador de una ínsula, que no es tal, sino más bien un pequeño pueblo de Navarra propiedad de los citados Duques. Este Doctor apunta, ignoro si con buscada malicia pero desde luego con un indudable acierto, al punto débil de Sancho, el hambre, y este último se defiende con firmeza contra los doctos argumentos del médico.
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El Dr Pedro Recio con su varilla poniéndole las cosas difíciles a un Sancho Panza deseoso de probar los manjares que tiene delante. Ilustración de G. Doré tomado del Blog de franciscocronistacriptana.blogsport.com.es
A través del Dr. Pedro Recio, Cervantes cuestiona la actitud y los conocimiento de los médicos de la época en una de las más divertidas sátira de la obra. Nos retrata a un médico poco empático con un discurso inflexible en el que emplea el latín como mejor le conviene para posicionarse intelectualmente sobre otras personas sencillas sin estudios. Usando, como decía Quevedo refiriéndose a los médicos de la época en general, “una jerga que nadie puede entender para hablar de las cosas más sencillas y así impresionar al enfermo que se deja engañar”. Vienen aquí al caso, las palabras del Dr Recio como justificación suficiente a su negativa a que Panza comiera perdices;
“Nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice: Omnis saturatio mal, perdices auten pessima, que quiere decir: hartarse es malo, pero de perdices, malísimo”.
Como se aclara en la edición de Anaya del Quijote, el médico deforma el aforismo popular latino, que no es de Hipócrates, insertando el disparate de las perdices muy a su conveniencia, y empleando la palabra castellana en lugar del vocablo latino. En una época de pícaros e hidalgos, los médicos no debían ser una excepción y también debió de haberlos de este cariz. Volviendo a la pluma mordaz de Quevedo: “Si quieres ser famoso médico, lo primero linda mula, sortijón de esmeralda en el pulgar, guantes doblados, ropilla larga y en verano sombrerazo de tafetán. Y teniendo esto, aunque no hayas visto libro, curas y eres doctor; y si andas a pie, aunque seas Galeno, eres platicante”.  Para aquel que esté interesado en leer más lindezas de Quevedo para con los médicos recomiendo está estupenda entrada del blog del Dr. Francisco Javier Tosatado.
Parece que Cervantes tenía amplio conocimiento de las luces y sombras de la profesión médica de su época puesto que era descendiente de una familia de cirujanos-barberos. Su padre, Rodrigo, lo fue, al igual que su bisabuelo materno, Juan Díaz de Torreblanca. Además,  parece plausible que Cervantes tuviera acceso a una amplia biblioteca entre cuyos volúmenes se dice que debieron encontrarse tratados de medicina como el Dioscórides, nombre con el que se conocía el tratado Sobre la materia médica, obra del griego Pedacio Dioscórides en el siglo I, y del que en el Siglo de Oro, circulaba una edición comentada por un famoso médico y literato de nombre Andrés Laguna. Parte de este conocimiento llevó a algún estudioso a plantearse seriamente si D. Miguel sería médico como sus parientes, cuestión esta que en la actualidad está fuera de dudas. Pero lo que es innegable es que Cervantes tenía un profundo conocimiento de la naturaleza humana y que supo articularlo sabiamente en sus personajes dibujando a lo largo de su novela casi cualquier rasgo de la humanidad que sea posible imaginarse. Esto es en parte, lo que convierte al Quijote en una gran obra, instructiva para el médico en la medida en que ilustra sobre como somos las personas. Así se entienden anécdotas como la del “Hipócrates inglés” Thomas Sydenham (1624-1689), el gran sistematizador de enfermedades, quien preguntado por su discípulo Richard Blackmore acerca de un modelo para estudiar medicina, respondió “lee El Quijote”, haciendo ilusión, se cree, al profundo estudio de la humanidad que esta obra constituye. Y no fue el único, William Osler, también lo recomendaba a sus alumnos de la universidad de Mc Gill como parte de sus libros de cabecera obligados.
Volviendo a Dr. Pedro Recio y Sancho Panza, este último se revela ante los consejos del médico e impone ese sentido común del que tantas veces hace gala en la obra:
“el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y por mucho que él me diga, antes será quitarme la vida que aumentármela… quíteseme ya de delante; si no voto al Sol que voy a tomar un garrote y que a garrotazos comenzando por vuesa merced , no me ha de quedar médico en toda la ínsula, al menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes, que a los médicos sabios, prudentes y razonables los pondré en los cuernos de la luna y los honraré como a personas divinas”.
Y es que como en otras ocasiones en la novela, Cervantes golpea contra clases y estamentos pero sin ser completamente tajante en sus afirmaciones e introduciendo  comentarios positivos para contrarrestar la sátira. Así en cuanto a los médicos, deja claro que la opinión que pone en boca de Sancho, sólo es aplicable a los malos médicos, no a los buenos, que también debió de haberlos.
En el siguiente link tiene el lector acceso al capítulo completo para su lectura.
Otras lecturas interesantes sobre el Quijote y la Medicina:
– Artículo de D. Julián Bravo Vega sobre el Quijote y la medicina en Anales Cervantino. (leer artículo)
– Artículo del Dr. Montes sobre el Quijote y la medicina en Anales de Medicina Interna. (leer artículo)

3 comentarios en “Un médico en el Quijote

  1. Heráclito (, el Oscuro o el Sollozante) 475 AC decía que los médicos atormentaban a los pacientes y eran tan malos como las enfermedades que pretendían curar

    Thomas Dekker Es mas seguro tener un duelo que consultar a un médico

    Sahkespeare No confíes en los médicos sus antídotos son veneno y te matan Timón de Atenas

    Ben Johnson: Los médicos son mas peligrosos que las enfermedades que combaten

    Moliere.Seres pomposos que tratan de impresionar hablando en latín y que usan la sangría y los enemas sin curar a nadie

    Saludos cordiales
    edita

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  2. Muchas gracias, Edita. Los médicos en el Siglo de Oro no gozaban precisamente de buena fama. Las practicas que ejercían carecían de fundamentos sólidos y eran peligrosas. Según nos los dibujan, creían ciegamente en ellas y no siempre se dejaban influir por el sentido común cuando se les contraargumentaba. Aunque imagino que de todo hubo de haber, carezco yo de los conocimientos para traer algún ejemplo que lo demuestre. Bajo mi punto de vista, nos sirven como ejercicio de reflexión sobre lo conveniente de una buena dosis de humildad y el necesario respeto en la práctica de la medicina.

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